Muchos aspiran a explicar las razones, a determinar las causas e identificar los factores. Otros sólo quieren una moneda, una tortilla, un abrazo o una palabra. Las incoherencias del mundo son abismales, desgarradoras y casi siempre crueles. El mundo es el sistema que hemos construido con nuestras capacidades, habilidades, motivaciones y egoísmo. Este mundo que dista mucho de ser “la buena creación” que dibuja una sonrisa en el rostro del artista complacido con su obra.
Con este mundo trabajan los que proponen las teorías, a este mundo buscan darle sentido, adornar sus desarreglos o denunciar su caos. Mientras unos piensan, analizan, sueñan y discuten, otros mueren, huyen, matan o sólo sobreviven. Pero eso no es lo peor, lo imperdonable es ignorarlo. Lo triste es no querer comprenderlo, lo peor es no dar la mano al que la ocupa, voltear la espalda al que no entiende, enaltecerte ante el que ignora o reír cuando otros lloran.
Al mundo habrá de amarlo y en amarlo está creer. En el mundo está el humano: el hombre, la mujer, el niño, el anciano, el indígena, el africano, el millonario, la poeta y el desvalido. Creer que somos iguales en nuestras diferencias, creer que todos tenemos el mismo origen, sentido, capacidades y luchar por el acceso a la oportunidad, el disfrute y la comunidad. Por eso habrá que creer cuando las teorías no explican (y aún cuando lo hacen) o cuando los satélites no alcanzan (cómo dice el canto).
El que cree, espera lo mejor. Espero cielos nuevos y tierra nueva. No aspiro por un boleto al cielo desmaterializado, lucho por la nueva humanidad, el nuevo orden, la nueva comunidad. Y no porque el “progreso” nos dirija hacia allá, sino por lo ya inaugurado, por la esperanza hoy presente.
Mostrando entradas con la etiqueta creer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta creer. Mostrar todas las entradas
sábado, 15 de noviembre de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)