jueves, 27 de noviembre de 2008
De a ratitos
Cuando abro una caja nueva de chicles me puedo comer uno, por si ese día mi mamá no compra tacos. Al principio me daba miedo la calle, me asustaban mucho los camiones grandotes, me daba mucho miedo cuando pensaba que el chofer me podía aplastar porque no me iba a ver, yo estoy chiquito y esos camiones son bien grandes. De a ratitos me da hambre, pero me como otro chicle y se me quitan.
Yo tengo amigos aqui en el semafoto, el señor que vende los periñodicos se llama el tío Pepe, es muy bueno conmigo, cuando compra comida siempre me da, a mi me paga los chicles con comida, nunca me quiere dar dinero, por eso a lo mejor mi mamá no lo quiere. El tío Pepe me dijo que un día me va a llevar al parque, a subirme a los columpios y resbaladillas, que me va comprar un algodon de dulce y vamos a jugar futbol en el pasto y al final vamos a comer tortas. El día que lo atropelló el carro gris lloré mucho, ya no lo volví a ver. Yo quería mucho al tío Pepe, de a ratitos pienso que un día va a regresar con sus periódicos en las manos, gritando con su voz fuerte, corriendo entre los carros siempre contento, extendiendo su mano para darme un taco. Mi mamá dice que se murió, pero yo no le creo,porque también dice que mañana ya no voy a venir y siempre vengo.
Yo nunca he partido pastel en mi cumpleaños, de a ratitos pienso en como sería una fiesta. Cuando sea grande voy a hacer una muy grande en la casa, vamos a comer mole, tomar agua de jamaica, los niños van a gritar "mordida, mordida" y alguien me va a empujar, después vamos a quebrar la piñata llena de dulces y frutas, pero sin chicles, esos no me gustan, los odio, odio su sabor, odio que duren. Ese día voy a recibir muchos regalos, una pelota de futbol, un papá para jugar con él, al tío Pepe y un hermanito para cuidarlo y no dejar que mi mamá se lo lleve a la calle a vender chicles, yo sí lo voy a cuidar, a mí mis hermanos no me cuidan, cuando me trajeron a la calle por primera vez le pedi a Juan que le dijera a mi mamá que no quería venir y él no me ayudo. Juan no me quiere. En mi fiesta de cumpleaños voy a pedir de regalo una nieve del sabor que compran los niños en la paletería de enfrente y que los hace reír. A mi me gusta el chocolate, la vainilla y la de fresa, pero quiero probar el que hace feliz, de a ratitos pienso a qué sabe, de a ratitos nada más, cuando el semaforo se pone en verde, y yo me tengo que quedar paradito tiezo en medio de la calle para no caerme. De ratitos pienso que será sentirse feliz, de a ratitos pienso cuantos chicles tengo que vender para comprarme una nieve.
martes, 8 de julio de 2008
El hallazgo
Por la noche, cuando me toca caminar, veo con tristeza las miradas de aquellos que no tienen forma segura de regresar a casa, porque el transporte público ya no pasa y lo obligan a caminar largos caminos oscuros inseguros. Y me pregunto dos cosas, ¿No vale la pena arriesgarse y hacer cuanto puedes por ayudarles? ¿Acaso quien dirige no escucha su silencio y temblar de dientes cuando camina viendo trás el hombro si no lo sigue un extraño?
Pensando en ello ocurrió esto que te cuento, ocurrió una noche cuando yo regresaba a casa, hasta ese momento, nada especial había ocurrido, pero en ese instante algo sucedió: No fue un evento extraordinario, sino todo lo contrario, sencillo y simple, como todas las cosas lindas, a tal grado que nadie fuera de mí lo pudo ver. Y no lo digo para enorgullecerme, simplemente deseo compartirte aquel hallazgo.
Esa noche el taxi se detuvo en una esquina, todavía no era muy tarde, algunos comercios continuaban abiertos, por las anchas aceras caminaban las últimas personas preocupadas por alcanzar el transporte que las llevara a casa. ¿Has visto con tristeza la mirada de aquellos que se preocupan porque no habrá transporte que los lleve a casa? En esa esquina, una empleada de farmacia comenzó a cerrar, pero antes, arrojó por la puerta un adorno grande hecho con globos de color azul y blanco, viejo, pues ya no flotaba.
Justo en aquel momento un par de niños venían por la acera jugando a unos cuantos metros delante de su madre, entonces vieron el adorno de globos en el suelo, justo donde la empleada los había lanzado con desprecio. Al tener delante suyo semejante tesoro, sus ojitos se abrieron contentos por el hallazgo, inmediatamente su imaginación los llevó a planear mil y un maneras de cómo usarlos al día siguiente para tener tiempos de diversión. El más pequeño de los dos, un niño no mayor de cinco años, tomó entre sus bracitos cuantos globos puedo, los acercó a su rostro para que sus morenas mejillitas sucias por el rico chocolate que venía comiendo, pudieran rosar con aquel tesoro.
El semáforo pronto cambió de color, me raptó de aquella tierna escena, nada supe del destino de aquel adorno hecho con globos color azul y blanco, viejo, pues ya no flotaba. No supe si se convirtió en diversión para aquel par de niños durante el camino a su casa y al día siguiente, o si su madre les prohibió llevarlo con ellos. Cuando el auto se movió, intenté ver por el espejo lateral para despejar mi curiosidad, pero un puesto de revistas y un vendedor de elotes cocidos enteros y en vaso, me impidió verlo. En fin, también ocurrió después de las diez y cuarto....